Por Antero Flores-Araoz

Ha causado conmoción en nuestra patria, el caso Lava Jato, en que constructoras brasileñas, lideradas por

Odebrecht, y con asociaciones con constructoras nacionales, “rompieron la mano” a innumerables funcionarios públicos de todo nivel. Se vincula en el estropicio hasta a quienes han ejercido o ejercen la Presidencia de la República, lo que de por sí ya es gravísimo, sea real o no.

Cierto es, que para la corrupción no hay ni mínimos ni máximos cuantificables.  Siempre es corrupción cuando para que te compren algún bien o hagan alguna obra pública de cualquier tamaño o valor se tenga que “aceitar” a quienes tienen la prerrogativa de adjudicar el contrato.

Hay quienes creen que la corrupción recién comenzó en el Gobierno de los 90 del siglo pasado, cuando vimos las imágenes y audios de quienes eran sobornados con miles de miles de dólares para hacer o no hacer cosas, hasta para comprar conciencias y voluntades, y en que observamos desfilar desde políticos y periodistas hasta sindicalistas y empresarios.  ¡De espanto!

Coincidimos con quienes dicen que las imágenes valen más que mil palabras, por eso nos dejó consternados ver la “compra” de políticos en nuestros televisores, pero ello no significa que antes no hubiera corrupción a los más altos y significativos niveles gubernamentales.

En efecto, solamente en el siglo pasado se pudo constatar entrega de “coimas” para otorgar obras públicas, que si bien comenzaron a modernizar el país, lo siguieron corrompiendo, ello en los gobiernos de Leguia, Odría, y Velasco, solo para recordarlos, pues en los más recientes si hay clara memoria.

Hay personas que siempre se han ufanado desde las izquierdas que la corrupción ha sido exclusividad de la derecha o de la centro derecha y, reclamaban cambio del modelo económico desde una nueva Constitución del Estado. Lamentablemente para ellos, con la famosa campaña millonaria del No a la revocatoria del mandato a una conocida alcaldesa de Lima, en que ahora se sabe el origen de los recursos, todo ha sido nivelado, no hay excepciones ideológicas para la corrupción.

Felizmente queda claro que nuestro modelo económico es el adecuado, que la corrupción no es exclusividad de un sector, y que es cierta la cadena con varios eslabones: para que exista prosperidad y desarrollo se requiere trabajo, para que este último se dé se requiere inversión, y esta última solamente se da cuando hay tranquilidad interna, predictibilidad tributaria, estabilidad normativa y sistema judicial confiable.

Seguramente nos preguntamos ¿qué hacer contra la corrupción?  La respuesta no es sencilla, aunque se podrían sugerir acciones en el largo y en el corto plazo. En el largo, es un tema de educación.  No basta la educación en matemáticas y ciencias, tenemos que educar desde temprana edad en valores. En el corto plazo, tener profesionales muy competentes y bien remunerados en la Contraloría General de la República, que acompañen desde la confección de bases y bases tipo, en la ejecución de obras públicas.

No dejar pasar los días, mañana ya es tarde.